Puesto los ojos en Jesús

 
Nuestra vista sólo ve lo terrenal y no lo espiritual; y si sólo ve lo terrenal no podemos depender de la vista en nuestra vida espiritual porque con nuestros ojos carnales no percibimos lo espiritual de Dios. “Porque por fe andamos, no por vista”, 2 Corintios 5:7.
Dios le dio al hombre cinco sentidos vitales para su comunicación y beneficio personal; nos dio el oído para oír, la boca para el gusto, la nariz para el olfato, las manos para el tacto y los ojos para la vista. Se recuerda el 10% de lo que se oye, se recuerda el 90% de lo que se habla, se recuerda el 80% de lo que se hace manualmente, y se recuerda el 50% de lo que se ve; y aunque sólo se recuerda el 50% de lo que se ve, la vista es uno de los sentidos vitales que más usamos e influye en nuestra vida. Es a través de la vista que vemos el mundo y las cosas maravillosas que Dios ha hecho para nosotros; con la ayuda de la vista tomamos nuestras decisiones tales como: ¿Cuál casa comprar o que vestido nos ponemos o en qué dirección nos movemos? La vista forma parte de nuestras decisiones.
 
Así como la vista influye en nuestra vida terrenal, también puede influir en nuestra vida espiritual; pero ahí es que entramos en problemas porque nuestra vista sólo ve lo terrenal y no lo espiritual; y si sólo ve lo terrenal no podemos depender de la vista en nuestra vida espiritual porque con nuestros ojos carnales no percibimos lo espiritual de Dios. Por lo tanto como usamos anteojos para ver mejor, así lo necesitamos para ver lo espiritual. Para ver mejor necesitamos la FE, “porque por fe andamos, no por vista” (2 Corintios 5:7). ¿Qué es la fe?, “es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”, Hebreos 11:1; y más adelante dice: “Sin fe es imposible agradar a Dios”, Hebreos 11:1,6.
 
“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”, Hebreos 12:1-2.

Entrevista de César a Antonio Martínez y Santiago Escuain

En esta entrevista se tomara el tema “EL EVOLUCIONISMO” que sabemos que sera de mucha bendicion y edificacion nuestras vidas , contaremos con la participacion del DR.ANTONIO M. y el DR.SANTIAGO E.
Que Dios les bendiga y edifiquen su vida.

 

La Oración creadora de Devoción

Pablo vivió sobre sus rodillas para que la Iglesia pudiera comprender la altura y la anchura y la profundidad de una santidad inmensurable, para que fuera llena de toda la plenitud de Dios.
Existe en la actualidad una falta manifiesta de espiritualidad en el ministerio. Lo siento en mi propio caso y lo veo en otros. Temo que la condición de nuestra mente sea demasiado artificiosa, mezquina e intrigante. Nos preocupamos más de lo debido en complacer los gustos de un hombre y los perjuicios de otro. El ministerio es sublime y puro y debe encontrar en nosotros hábitos sencillos de espíritu y una indiferencia santa pero humilde para todas las consecuencias.  El defecto principal en los ministros cristianos es la falta de hábitos devocionales.
 
Richard Cecil
 
Nunca ha habido unas necesidades más urgentes de hombres y mujeres consagrados, pero aún más imperativa es la demanda de predicadores santos y devotos de Dios. El mundo se mueve con pasos agigantados. Satanás mantiene su dominio y gobierno del mundo y se afana para que todos sus actos sirvan a sus fines. La Iglesia debe hacer su mejor obra, presentar sus modelos más atractivos y perfectos. Pablo vivió sobre sus rodillas para que la Iglesia de Éfeso pudiera comprender la altura y la anchura y la profundidad de una santidad inmensurable, para que fuera llena “de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:19). Epafras se entregó a obra consumidora y al conflicto tenaz de la oración ferviente, para que los de la iglesia de Colosas pudieran estar “firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere” (Colosenses 4:12). En todas partes, en los tiempos apostólicos, se tenía el intenso anhelo de que todo el pueblo de Dios pudiera llegar a la “unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).
 
Ninguna cantidad de dinero, genio o cultura puede hacer progresar el reino de Dios. La santidad dando energía al alma, haciendo arder a todo el hombre con amor, con deseo de más fe, más oración, más celo, más consagración, éste es el secreto del poder. Hombres así necesitamos, que sean la encarnación de una devoción encendida por Cristo. Cuando faltan, el avance de Dios se estaciona, su causa se debilita y su nombre desmerece. El genio (aun el más elevado y escogido), la educación (aun la más inteligente y refinada), la posición, la dignidad, el rango, el cargo, los nombres privilegiados, los eclesiásticos ilustres, no pueden mover el carro de nuestro Dios. Por ser de fuego solo pueden empujarlo fuerzas ígneas. El genio de un Milton fracasa. La fuerza imperial de un León falla. Pero el espíritu de un Brainerd le pone en movimiento. El espíritu de Brainerd estaba encendido por Dios para hacer arder las almas.
 
La oración es la creadora y el canal de la devoción. El espíritu de la devoción es la oración. La oración y la devoción están unidas como el alma y el cuerpo, como la vida y el corazón. No hay verdadera oración sin devoción, ni devoción sin oración. El predicador debe estar rendido a Dios en la devoción más santa. No es un profesional. Su ministerio no es una profesión; es una institución divina. Está consagrado a Dios. Sus propósitos, sus aspiraciones y ambiciones son de Dios y para Dios, y a fin de lograr esto la oración es tan esencial como el alimento para la vida.
 
El predicador, sobre todas las cosas, debe estar consagrado a Dios. Las relaciones del predicador con Dios deben ser la insignia y las credenciales de su ministerio. Estas deben ser claras, conclusivas, inequívocas. El tipo de su piedad ha de estar exento de superficialidad y vulgaridad. Si no excede en la gracia no podrá sobresalir en ningún sentido. Si no predica por su vida, carácter y conducta, su predicación es vacía. Si su piedad es ligera, su predicación podrá ser tan suave y tan dulce como la música, tan hermosa como Apolo, pero su peso será como el de una pluma, visionaria, flotante, como la nube o el rocío de la mañana. La devoción a Dios no tiene sustituto en el carácter y la conducta del predicador. La devoción a una iglesia, a las opiniones, a una organización, a la ortodoxia, es despreciable, equivocada y vana, cuando se convierte en la fuente de inspiración, en el ánimo de una llamada.
 
Dios ha de ser el motivo principal del esfuerzo del predicador, la fuente y la corona de toda su labor. Todo su afán ha de ser el nombre y la gloria de Jesucristo y el avance de su causa. Entonces la oración será el veneno de su iluminación, el medio de adelanto perpetuo, la medida de su éxito. El único y constante anhelo que el predicador puede acariciar es tener a Dios con él.
 
Nunca como en la actualidad ha necesitado la causa de Dios perfectas ilustraciones de las posibilidades de la oración. Ni las épocas ni las personas pueden ser ejemplos del poder del Evangelio, excepto que sean personas y épocas de profunda y ferviente oración. Sin éstas las generaciones tendrán escasos modelos del poder divino y los corazones nunca se elevarán a las alturas. Un siglo puede ser mejor que el pasado, pero hay una distancia infinita entre el mejoramiento de una época por la fuerza de una civilización que avanza y su mejoramiento por el crecimiento en santidad y en semejanza a Cristo por medio de la energía de la oración. Los judíos fueron muchos mejores cuando vino Cristo que en los tiempos anteriores. Pero fue también la edad de oro de la religión farisaica. La edad de oro religiosa crucificó a Cristo.
 
Nunca más oración y menos oración; nunca más sacrificios y menos sacrificios; nunca menos idolatría y más idolatría; nunca más devoción por el templo y menos culto para Dios; nunca más servicio de labios y menos servicio del corazón, nunca más asistencia a la iglesia y menos santidad.
 
La fuerza de la oración hace santos. Los caracteres santos se forman por el poder de la oración genuina. Más santos verdaderos significa más oración; más oración significa más santos verdaderos.

Maria, una mujer escogida por Dios para ser madre

La mujer que en su vida tiene la oportunidad de ser madre goza de un gran privilegio. De importancia crucial es, pues, que la mujer sea consciente de que el privilegio y el honor de dar la vida a otro ser humano provienen directamente de Dios.

La Bibliadistingue a muchas mujeres valientes, capacitadas, generosas, humildes, abnegadas y de fe. Entre todas ellas resalta a María. Si bien nosotros no la idolatramos, ni le damos culto, ni adoración, reconocemos que Dios puso los ojos en ella para cumplir el más grandioso de los planes jamás ideados por Él: la redención de la raza humana.
“María dijo: He aquí la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra… Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre, y su misericordia es de generación a los que le temen”, Lucas 1:38, 46-50.
Aquella doncella hebrea reunía cualidades hermosas que hicieron que Dios se fijara en ella para llevar a cabo el gran misterio de la encarnación de Jesús. Cualidades resaltantes en María: 1) Su humildad y su disposición para el servicio; 2) su fe y piedad; 3) su capacidad para guardar secretos; 4) y su fidelidad.

1.- María, una mujer humilde

La sociedad actual está caracterizada por el aumento vertiginoso de los embarazos frutos del sexo prematrimonial. Hoy día, el caso de María hubiese sido “uno entre tantos”. Sin embargo, el embarazo de las jóvenes solteras pone abruptamente el punto final a la infancia y a la inocencia, para marcar el inicio de las responsabilidades de una mujer.
María, nunca había conocido varón y, en su tiempo, quedarse embarazada fuera del matrimonio era considerado como un delito digno de muerte, llevando en su seno lo que parecería el fruto de la fornicación, y más al estar desposada con José. No obstante, son hermosas las palabras que pronunció, cuando recibió el mensaje del ángel Gabriel: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”(Lucas 1:38).
Para desempeñar la función de madre, es necesario que la mujer entienda que ella es una sierva del Señor. Sin duda, es triste cuando un hijo es menospreciado, pero también es de lamentar cuando una madre lo idolatra. La madre ha de pedirle al Señor sabiduría, madurez y fortaleza para cumplir lo mejor posible con dicha responsabilidad.
Cuando recibió la noticia de que quedaría embarazada, María le pidió a Dios que todas las cosas se encaminaran según su Palabra. Definitivamente, criar a nuestros hijos bajo la guía divina es la mejor herencia que podemos dejarles.

2.- María, una mujer de fe y de piedad

Confiaba totalmente en Dios, y aceptó el reto de llevar en su seno al Creador. María entendió que ser la madre del Mesías le haría una mujer bienaventurada entre todas las generaciones (Lucas 1:48). Cuando una mujer no ve como una bendición el tener un hijo, será incapaz de cumplir con su deber maternal, siempre verá al niño como un estorbo, como un enemigo que le roba su tiempo y espacio.
En ciertas circunstancias, la rebeldía de los jóvenes se explica por el hecho de que nunca han conocido el calor de una madre. Al haber derrumbado los pilares de la familia, esos niños han tenido una casa y han compartido un mismo techo con sus progenitores, pero nunca fue un hogar para ellos, nunca experimentaron el amor. ¿Sabía usted que se ha probado científicamente que desde el vientre de la madre, el hijo percibe los sentimientos y las emociones?

3.- María, una mujer de confianza

“Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lucas 2:51). Ella supo guardar en secreto todo lo que el ángel le había revelado con respecto a Jesús y su misión mesiánica antes de que naciera.
Cuando María y José llevaron a Jesús al templo, para que fuera circuncidado, Simeón le profetizó:“Y una espada traspasará tu misma alma” (Lucas 2:35). María, como madre, sabía lo que pasaría con Jesús y, seguramente, sentía tristeza al pensarlo. Sin embargo, nunca permitió que sus sentimientos maternales interfirieran en el plan de Dios.
En las bodas de Caná fue a Jesús como una madre que ve las capacidades y los talentos de su hijo. María puso toda su confianza en Jesús, sabiendo que era capaz de ayudarla, y que sabría hacer lo correcto. Ella dijo a los siervos que atendían a los comensales de la boda: “Haced todo lo que os dijere”(Juan 2:5).
María le había inculcado principios morales sólidos, y sabía que Él no dañaría nunca su testimonio ni tampoco traería la deshonra a su casa. Es menester entender que los principios y los valores fundamentales de la vida se enseñan principalmente en el hogar, no en la Iglesia ni en la escuela.

4.- María, una mujer fiel

“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena” (Juan 19:25). En medio de tanto dolor y sufrimiento, la madre de Jesús estaba al pie de la cruz. El apóstol Juan no visualizó a María como una mediadora en el plan de la redención, sino que le prestó atención a la entrañable relación filial que existía entre ambos.
Jesús sabía por qué estaba muriendo en la cruz; pero también era consciente de su responsabilidad filial. Dice la Biblia: “Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien Él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”(Juan 19:26-27).

Conclusión

Es menester aprender a valorar a las que son nuestras madres. Cristo supo valorar a la suya hasta su partida de esta tierra. El Maestro, una y otra vez, nos ha dejado trazadas sus huellas para que las sigamos. María es una fuente de inspiración para todos nosotros: estuvo al pie de la cruz, cuando todos los amigos y los discípulos de Jesús lo habían abandonado. María fue una mujer valiente, fiel, dispuesta, reservada, llena de fe y de piedad. Imitémosla en esas cualidades tan hermosas.
La mujer que en su vida tiene la oportunidad de ser madre goza de un gran privilegio. Ser madre no significa estar cargando un bulto o un objeto cualquiera en su seno, sino abrigar a un ser viviente, el cual permitirá que perdure la raza humana. De importancia crucial es, pues, que la mujer sea consciente de que el privilegio y el honor de dar la vida a otro ser humano provienen directamente de Dios.
Por desgracia, hay mujeres que no valorizan el don divino de ser madres, y como no lo hacen, el hijo viene a convertirse para ellas en una carga, en algo molestoso, de lo cual pueden disponer a su antojo, y hasta decidir la vida o la muerte sobre él. Para desempeñar la función de madre, es menester que la mujer entienda que ante todas las cosas, ella es una sierva del Señor. Sin duda, es triste cuando un hijo es menospreciado, pero también es de lamentar cuando una madre lo idolatra.

Sin Santidad nadie verá al Señor

“Hay muchos  que reclaman cristianismo y piedad pero solo en la Iglesia o en cosas relacionadas con la religión. Pero a espaldas de ellas son tan libertinos, pervertidos y mundanos como el que más. Caín fue tan religioso como Abel (…) No había diferencia en la apariencia, pero sí la había en la actitud…” 

Santidad, palabraque desagrada al diablo, al desconocedor de Dios y a los cristianos ajenos a la realidad de una experiencia salvadora. Santidad- que suena a ridiculez, estrechez y extremismo al cristiano libertino y mundano. Santidad – que es mirada con menosprecio por el hombre que ama más los deleites y placeres que ha Dios. Pero que en el sentido claro y definido de la Biblia se relaciona con Dios, con el Cielo y con lo sublime. Santo, en el sentido de perfección absoluta solo lo es Dios. Santas tienen que ser aquellas cosas, fines y medios que se relacionen con Él. Santo, tiene que ser el hombre que reclame su paternidad. “Sin santidad nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14).

Hay muchos  que reclaman cristianismo y piedad pero solo en la Iglesia o en cosas relacionadas con la religión. Pero a espaldas de ellas son tan libertinos, pervertidos y mundanos como el que más. Caín fue tan religioso como Abel. Él también trajo una ofrenda a Dios. No había diferencia en la apariencia, pero sí la había en la actitud y disposición del corazón.

Ante el ojo humano los dos eran dos buenos religiosos; ante el ojo divino Caín era del maligno, Abel fue el santo que encabezó la gran nube de testigos que forman la lista de héroes de la fe del capítulo 11 de Hebreos. Y dice: “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella” (Hebreos 11:4).

Caín odió a Abel por su santidad, consagración y justicia. Porque la santidad, pureza y limpieza donde quiera que éstas se hallen son un desafío abierto al mal, mostrando que la gracia y la misericordia de Dios es suficiente para hacernos vencedores sobre el pecado. Y este desafío despierta el odio y venganza de aquellos que dominados por el mal no saben lo que es vivir vidas santas y victoriosas en Dios. Juan en su primera epístola escribe: “No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas. Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece” (1 Juan 3:12-13).

He ahí la razón de por qué muchos sienten pánico a la santidad. Porque significa romper sin componendas, sin alianzas, sin treguas con el diablo, el mundo y la carne. Porque significa crucificar nuestro yo, hasta reducirlo a un segundo plano y colocar a Cristo sobre un trono alto y sublime en el templo de nuestro corazón y proclamarle: “Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos, toda mi vida está llena de tu gloria”, porque implica vivir sobre las circunstancias, ambiente y gente que nos rodea. Porque requiere profundidad de convicciones, creencia arraigada, valor puesto a prueba, renunciamiento completo: y eso, hermanos míos, solo se consigue cuando el creyente tiene una experiencia real, personal y definida de un Cristo Salvador y Santificador. Cuando es un indagador sincero de la Biblia y un devoto de la oración. Jamás habrá santidad donde no hay devoción para la Biblia y la oración. “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca” (Mateo 7:24).

El cristiano santo vence el mal con el bien, las tinieblas con la luz. El cristiano mediocre, porque no tiene convicciones ni experiencia propia, se compromete, se mezcla, se corrompe. Jamás tiene valor para decir un NO rotundo a la tentación. Obedece como un autómata a los deseos de la carne yendo a parar con los muchos que siguen la senda ancha y espacios de la perdición. Luego tratan de encubrir sus deslices carnales con la filosofía diabólica y barata de: “pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40). Cuando Pablo escribió esto, se refería al uso que gobierna los dones del Espíritu Santo, y no a tomar unos traguitos de licor; fumar unos cigarrillos, maquillarse con más o menos moderación, acudir al cine de vez en cuando, guardar rencores en el corazón. NO. Pero el diablo odia y aborrece la santidad e inspira ese mismo odio a los hombres y aun en los cristianos. Por qué crucificaron a Cristo, cuando aún el mismo Pilato confesó: “Yo no hallo delito en este hombre”. Cuando el pueblo testificaba: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!”

¿Por qué sin piedad flagelaron su carne de pureza filial con el látigo, coronaron sus augustas sienes con espinas, taladraron sus virtuosas manos con los clavos, desgarraron sus bienhechores pies con el madero, y abrieron su amoroso pecho con una impía lanza? ¿Por qué cometió el hombre tan terrible villanía? Por la misma razón que Caín mató a Abel, que Herodías pidió la cabeza del Bautista; que apedrearon a Esteban; que apuñalaron a Santiago; que crucificaron a Pedro; que Nerón cercenó la cabeza de San Pablo y que la Roma imperial arrojó los cristianos a las fieras y a la hoguera.

Por la misma razón que una iglesia con pretensiones de única y escogida por Dios, pero libertina e impía en el Concilio de Constanza prendió fuego a Juan Huss atado a un poste en la plaza pública. Por la misma razón alquilaron a matones mercenarios para que asesinaran a Lutero a mansalva la noche antes de presentarse a la Dieta de Worms. Por la misma razón que Juan Bunyan languideció en una hedionda y corrupta prisión, privado del amor de los suyos, especialmente de su hijita ciega donde añoró con ansias abrazarla, pero impedido por los barrotes de aquella inmunda celda; y por la misma razón que Tyndale titiritando desde un calabozo de Inglaterra escribió suplicando a un inhumano comisario en un crudo invierno: “Si vuestra señoría me permitiese tener de mis pertenencias que vos retenéis, una polainas, una camisa de lana y un gorro para calentar mi cabeza”.

¿Por qué el que se dispone a servir en santidad de cuerpo, alma y espíritu padece sin razón aparente? Porque “la luz vino al mundo, y los hombre amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz para que sus obras no sean reprendidas” (Juan 3:19-20).

Pero a despecho de todo eso hay un llamamiento de Dios al cristiano a la separación. “Así que, hermanos os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestro cuerpo en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Romanos 12:1). “Por lo cual salid de en medio de ellos, y apartaos dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:17-18).

Si hermano, el llamamiento más grande que Dios ha hecho es a ser Santos: No es lo que se ostente o se aparente ser. Es lo que se viva y se practique.

“Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoque el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2:19).

Instrumento escogido

“Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo”, Hechos 9:17.

El propioSaulo de Tarso que pensaba entrar a Damasco, como el gran e invencible campeón contra los cristianos, tuvo que entrar ciego tomado de la mano, a buscar ayuda espiritual de un hombre de Dios, a Ananías, precisamente a quien iba a perseguir.

Amados, pero a la vez que el verdadero hombre de Dios, es el hombre más necesario y útil en la comunidad, es también el más sufrido, si alguien va a hacer un instrumento en las manos de Dios, el tal tiene que ser preparado en las manos de Dios de la manera que Dios cree necesario, como el alfarero que le da la forma como quiere al barro, o como las manos de Cristo partiendo el pan para alimentar a la multitud.

O como al propio Pablo que habiendo sido privado en Jerusalén e instruido a los pies de Gamaliel, circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos, en cuanto a la ley fariseo, en el judaísmo aventajaba a muchos de sus contemporáneos en su nación, siendo mucho más que otros en las tradiciones de sus padres, pero el Señor lo llevó a un retiro de varios años en Arabia para moldearlo y prepararlo, de manera que pudiera decir: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo”(Filipenses 3:7-8). De modo que Pablo entendió que sus títulos y credenciales no era lo que realmente necesitaba para la labor que el Señor le había encomendado y cuando reconoció esto, fue entonces que recibió las grandes revelaciones y ministerios de la iglesia.

El Señor le dijo a Ananías refiriéndose a Saulo: “Porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre”, y el apóstol en plena labor escribió: “Que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, más no desesperados; perseguidos, más no desamparados; derribados, pero no destruidos… en tribulaciones, en necesidades, en angustias; en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos; en pureza, en ciencia, en longanimidad, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero, en palabra de verdad, en poder de Dios, con armas de justicia a diestra y a siniestra; por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama; como engañadores, pero veraces; como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, más he aquí vivimos; como castigados, más no muertos; como entristecidos, más siempre gozosos; como pobres, más enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo… en trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces. De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias”(2 Corintios 4:8-9; 6:4-10; 11:23-28).

Desde temprano los enemigos del apóstol, le acusaban de ser voluble, carnal, que se enseñoreaba, que era duro e insensible, que no perdonaba, que falsificaba la Palabra, que no daba cartas de recomendación, que era incompetente, mediocre, que adulteraba la Palabra, que se predicaba asimismo, que se desalentaba, que se enseñoreaba, que estaba loco, que no tenía ministerio, que era un tropezadero, que agraviaba, que era un dictador, que solicitaba ofrendas, que era muy exigente, que andaba según la carne, que amedrentaba a los hermanos, que era corto en la palabra, que despojaba a las iglesias, que era una carga, que no se preocupaba de los hermanos, que no era apóstol, que era engañador, que era débil. El apóstol resume todo lo que él había pasado por el nombre de Cristo en una sola frase: “yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús”(Gálatas 6:17).

Amados, esta es la medida de que Dios puede usar una vida, la medida del padecimiento por el nombre del Señor y de la Obra de Dios. En el año 1978 el Señor me habló y me dijo: “que los años más fructíferos de mi ministerio estaban por delante”, a los dos meses me habló sobre lo mismo, me reafirmó lo mismo y añadió: “que el precio sería más y mayores padecimientos”. Y así fue, después de esas palabras del Señor, comenzamos a sufrir como nunca antes habíamos sufrido por el nombre y la Obra del Señor, pero a la vez jamás el Señor se había glorificado tanto, pues la Obra había crecido y desarrollado tanto.

Dios mantiene a sus verdaderos hombres alternando entre la tormenta y la bonanza, entre la mirra y la miel, entre el desprecio y el reconocimiento. Al apóstol Pablo le fue dado un aguijón en su carne, un mensajero de Satanás que le abofeteara para que no se enalteciera sobremanera (2 Corintios 121:7-9). Esto Dios lo permite para que su instrumento no olvide que tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no de los hombres, por esto puede que el hombre de Dios ascienda hoy a las alturas del monte de la transfiguración, y mañana puede que esté en el valle de la aflicción.

El verdadero hombre de Dios puede hoy levantar su voz y su predicación y mañana puede estar tembloroso, siendo acusado como falso apóstol. Hoy puede estar jubiloso por el éxito, mañana puede estar frustrado por la adversidad. Hoy todos le buscan, mañana todos lo dejan. El verdadero hombre de Dios está siempre en el yunque en el cual Dios lo está formando conforme la voluntad divina y a la necesidad y condición del pueblo, aunque otros quieran hacer lo que quieran, el verdadero hombre de Dios no puede. Pablo dijo: “todo me es lícito, pero no todo conviene”(1 Corintios 10:23), otros podrán buscar sus propios intereses, el verdadero hombre de Dios no; otros podrán tratar de perseguir sus propias metas, el verdadero hombre de Dios no; otros podrán vanagloriarse, el verdadero hombre de Dios no lo hará; otros podrán darse mucha promoción y publicidad, el verdadero instrumento de Dios no lo hará; otros podrán ser reconocidos y homenajeados, pero a los instrumentos escogidos de Dios, Dios prefiere mantenerlos en el fragor de la batalla y otras veces bajo la sombra del Omnipotente.

Veamos al patriarca Abraham que después del gran conflicto en el monte Moriah en la ocasión del sacrificio de su amado hijo Isaac, por su obediencia, Dios le confirmó el pacto con relación a su descendencia y lo llamó amigo. Veamos al gran Moisés, abriendo y cerrando el Mar Rojo, y también veamos en su angustia enterrando el rostro en tierra ante la insolente rebelión de Coré y de su séquito. Veamos al poderoso profeta Elías, después de hacer bajar fuego del cielo en el monte Carmelo, lo vemos después en gran aflicción huyendo como una hoja azotada por el viento, escondido en una cueva y deseando la muerte. En toda la historia de la Iglesia no ha habido otro hombre de Dios que haya interpretado mejor a Cristo y su Evangelio, que haya recibido la revelación del misterio de la Iglesia y que haya influenciado más en la vida espiritual de la Iglesia en toda su historia como el apóstol Pablo, pero aún no ha habido otro hombre de Dios que haya padecido más por el nombre de Cristo que el apóstol Pablo.

Quién quiera el ungido manto de Elías, juntamente da, las amargas aflicciones del logro, las angustias de la huida por el odio de Jezabel, el escondite en la cueva de Horeb, la apatía y la indiferencia del pueblo. Quien quiera el éxito del ministerio de Pablo, acepte los padecimientos del ministerio de Pablo, quien quiera la gracia y la visión de Pablo, acepte el aguijón que abofeteaba a Pablo, quien quiera la posición de Pablo en la Iglesia, acepte las agonías y martirios de Pablo en el trabajo de la Iglesia.

Y desde luego tenemos el ejemplo cumbre de nuestro Señor Jesucristo, que en un solo capítulo de la Biblia, que tiene solo doce versículos, Isaías 53, que registra 39 clases de padecimientos de nuestro Señor, y que luego el Espíritu Santo usando al apóstol Pablo resume como sigue: “Haya pues en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual siendo en forma de Dios , no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”(Filipenses 2:5-11).

Dios mantiene a sus verdaderos hombres alternando entre la tormenta y la bonanza, entre la mirra y la miel, entre el desprecio y el reconocimiento. Al apóstol Pablo le fue dado un aguijón en su carne, un mensajero de Satanás que le abofeteara para que no se enalteciera sobremanera.

Rev. Luis M. Ortiz
• Parte II

No nos podemos detener

 

Rev. Gustavo Martínez Garavito

En ocasiones algunas circunstancias tratan de detenernos, de hacernos dudar, de desanimarnos, no obstante, el programa de Dios sigue adelante, lo que Dios a dicho eso se hará.
“Aconteció después de la muerte de Moisés siervo de Jehová, que Jehová habló a Josué hijo de Nun, servidor de Moisés, diciendo: Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel. Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie. Desde el desierto y el Líbano hasta el gran río Éufrates, toda la tierra de los heteos hasta el gran mar donde se pone el sol, será vuestro territorio. Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos. Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo
 
Moisés te mandó…”, Josué 1:1-9.
 
Jamás el propósito de Dios se ha detenido ante cualquiera que sean las circunstancias, Dios siempre ha llevado a cabo lo que se ha propuesto dentro de su programa, dentro de sus propósitos. No ha existido nadie en el mundo que haya podido frenar, que haya podido detener el propósito de Dios. En ocasiones algunas circunstancias tratan de detenernos, de hacernos dudar, de hacernos sentir solos, de desanimarnos, no obstante, el programa de Dios sigue adelante, no hay quien lo detenga, no hay quien lo pueda deshacer, lo que Dios a dicho eso se hará. La Biblia dice: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35), esta Palabra es fiel, sus promesas son fieles, y todo lo que Dios a dicho tendrá un exacto cumplimiento.
 
“Aconteció después de la muerte de Moisés siervo de Jehová…”(v.1). En ese momento hubo una transición, las circunstancias eran muy difíciles, especialmente para el pueblo, habían visto en Moisés un respaldo único de parte de Dios. Josué conocía como este pueblo se rebeló en varias ocasiones y trató hasta de apedrear al siervo de Dios, era un pueblo de dura cerviz; Josué sabía quién era Moisés, por estas razones no le pareció fácil asumir esta gran responsabilidad. Josué había estado cerca de Moisés, recordemos que él estuvo esperando a Moisés en la parte baja del monte, y permaneció allí todo este tiempo sin vacilar, sin claudicar, sin pensar nada negativo, sino que permaneció allí; cuando Moisés descendió al primero que vio fue a este fiel servidor; mientras tanto el pueblo había abandonado el propósito de Dios y se había corrompido, pero Josué estando solo permaneció fiel, era un hombre humilde, era uno que conocía lo que es la autoridad.
 
Josué conocía el pueblo, estoy seguro de que se sentía nervioso, se sentía temeroso, se sentía pequeño, insignificante, no sabría qué hacer, estaba tal vez lleno de nostalgia, porque había partido a la eternidad un hombre especial, una persona con unas capacidades extraordinarias y con un liderazgo y un respaldo de Dios. El Señor comenzó a tratar con su corazón y hacerle entender, que ahora que había partido Moisés, ahora entraba una nueva etapa para el pueblo, pero que él era el escogido, él era la persona que Dios se había fijado y que este era un privilegio, pero a la vez una gran responsabilidad.
 
Josué quizás imaginó en su mente todo el recorrido y todas las bendiciones que Moisés recibió, pero también todos los ataques, toda la persecución y todas las amenazas que habían venido contra Moisés y ahora podía venirse contra él y dijo: “Si eso hicieron con Moisés, que Dios estaba con él, que era la voz de Dios a través de él, si eso le pasó, ¿qué no va a pasar conmigo?” Estaba temeroso, no sabía qué hacer.
 
Dios le dice a Josué: “Mi Siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán” (v.2). Le está diciendo: “No se deje abrumar por la tristeza, por la frustración, por los pensamientos, no se deje arrinconar, no se deje esconder, este es el momento que Dios le ha designado, levántese”. Es como si él estuviese postrado y Dios le dice: “Levántese, salga de ese lugar, esta es la hora, ahora es su turno, ahora es su momento”; Dios le asigna esta responsabilidad y le dice aquí: “Tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos” (v.6).
 
Y le da los linderos, le asigna desde que lugares ellos iban a poseer esta tierra. Pero les da una promesa: “todo lugar que pisare la planta de vuestro pie” (v.3), aunque Dios le había dicho de tal sitio hasta tal lugar, no significa que ellos tuvieran que encasillarse y encerrarse sólo en ese territorio, porque aquí hay una promesa, les ha entregado todo terreno, todo territorio, “todo lugar que pisare la planta de vuestro pie”, en Dios no hay limitaciones. No puede limitarse cuando hay visión, si en esta obra no hay visión, no se hubiera podido lograr nada, no se hubiera podido avanzar; porque otros ministerios, en países y en lugares con mayores recursos, con mayores posibilidades, no han visto lo que hay que hacer y se han encerrado en un círculo vicioso, años tras años y no han trascendido, no han avanzado, porque ellos mismos se han puesto limitaciones.
 
No le ponga limitaciones a Dios, porque Él es un Dios amplio, es un Dios de visión, es un Dios grande, Dios respalda la visión. Cuando avanza mirando al Señor, no mirando la dificultades, no mirando la crisis, no mirando la amenaza, no oyendo lo negativo, sino creyéndole al Dios Todopoderoso; logrará avanzar, logrará conquistar y realizar lo que otros no pueden hacer, puede ver lo que otros no ven, donde otros ven fantasmas, donde otros ven peligros, donde otros ven desiertos, usted podrá ver frutos, podrá ver la bendición, podrá ver crecimiento, podrá ver desarrollo, podrá ver avance, entonces dice el Señor: “Levántate y pasa este Jordán”.
 
El Jordán era el que los dividía, el impedimento era el río, hasta allí habían llegado, pero ahora Jehová le dice: “Levántate y pasa este Jordán”. En otras palabras: “No se quede mirando la tierra de este lado, no se quede mirando el impedimento, no se quede mirando los obstáculos, no se quede viendo los inconvenientes, levántate y pasa este Jordán, levántate y brinca esa dificultad, y lleva al pueblo y repárteles la tierra que yo les doy a los hijos de Israel”.
 
Dios le da la orden de levantarse y de cruzar el Jordán y de arrebatar la bendición y de hacer provisión para la conquista, no nos podemos detener por las dificultades, hay que avanzar, hay que seguir adelante, el Señor no se detiene y si Él no se detiene sus hijos no se pueden detener, los obreros del Señor no se pueden detener. Esta obra no se puede frenar, Dios seguirá proveyendo, Dios seguirá abriendo puertas, Dios seguirá al frente, el día que nosotros no estemos, Dios levantará a otros, pero esta obra avanzará, esta obra es de Dios, esta obra irá adelante.

El lenguaje del Amor

Las parábolas de Jesús. Historias que viven en nuestras mentes. Un estilo diferente de comunicación que empleó el Hijo de Dios para evangelizar. Una historia terrenal con significado celestial.

Estaba en una conferenciacon un hombre llamado Gary Smalley que me contó que en estos días estaba  preparándose para escribir un libro sobre  la importancia de usar imágenes verbales o historias para comunicar la verdad a un nivel mucho más hondo que la que podemos transmitir con la pura comunicación de datos. Su proyecto apareció en un libro que lleva por título “El lenguaje del amor” y fue escrito por Gary Smalley y John Trent(**). La publicación nos ayuda a ver que nuestras mentes funcionan a una forma muy diferente a la que percibimos, cuando comunicamos simplemente la información de un asunto nos quedamos cortos y no hacemos el impacto que se supone que debe hacer la comunicación. El propósito de toda comunicación es el cambio; si queremos ver cambio en nuestras vidas y familias tenemos que aprender cómo comunicarnos, tal vez puedo ilustrar algo, contándoles lo que  Gary Smalley dice al principio de su libro.

Empieza relatando una historia real de una familia que llegó a una crisis y acabo separándose, lo que sucedió fue que el padre de familia literalmente perdió interés en su esposa e hijos. Se enredó con otra mujer y un día simplemente se fue; fue algo muy difícil para todos y cuando la esposa y su hija trataban de comunicarse con él no devolvía las llamadas o se quedaba tan solo un momento cuando venía a casa, incluso cuando ellas querían que se quedara un poco más, parecía que había cerrado toda comunicación. Entonces un día, sin saber el impacto o la  importancia de una parábola o historia, la hija le escribió a su padre una carta, la carta le llegó junto con otro montón de correspondencia que él empezó a abrir y a leer durante el almuerzo, cuando vio el nombre de su hija como remitente pensó que se trataba de alguna tarjeta de saludo, tal vez por su cumpleaños que había olvidado, pero lo abrió y leyó:

Una carta del corazón

“Querido papá: Es tarde en la noche y estoy sentada en mi cama escribiéndote. Muchas veces he deseado hablar contigo durante las últimas semanas, pero parece que nunca hay tiempo para hablar cuando estamos solos. Papá, sé que estas saliendo con otra mujer y sé que probablemente tú y mamá nunca vuelvan a estar juntos.  Esto es muy difícil  de aceptar, especialmente al saber  de que tal vez nunca más vuelvas a vivir en casa, y Bryan y yo no podamos disfrutar de tu presencia como padre todos los días. Pero al menos deseo que comprendas lo que está sucediendo en nuestras vidas.  No pienses que Mamá me pidió que te escribiera. Ella no lo hizo. No sabe que estoy escribiendo, ni tampoco Bryan lo sabe. Simplemente deseo compartir contigo lo que he estado pensando.

Papá, siento como si nuestra familia hubiera estado viajando en un hermoso automóvil durante largo tiempo. Tú sabes, esa clase de coche que a ti te gusta que tu compañía te proporcione, con muchos accesorios opcionales en su interior y por fuera sin un solo rasguño. Pero con  el paso de los años el automóvil ha desarrollado algunos problemas. Echa mucho humo, las ruedas se balancean y el tapizado de los asientos se ha roto. Se ha tornado difícil conducir este vehículo a causa de todas las sacudidas y los bamboleos; pero aún sigue siendo un gran automóvil, o al menos, podría serlo. Con un poco de trabajo, sé que podría seguir marchando por muchos años.

Desde que tenemos este automóvil, Bryan y yo hemos ocupado el asiento de atrás, mientras tú y Mamá iban en el asiento de adelante. Nos sentíamos realmente seguros al tenerte a ti al volante y a Mamá sentada a tu lado. Pero el mes pasado Mamá tuvo que ponerse al volante. Era de noche y acabábamos de doblar en la esquina de nuestra casa. De repente, levantamos la vista y vimos otro automóvil fuera de control que venía en dirección a nosotros. Mamá trató de esquivarlo, sin embargo, el otro vehículo se estrelló contra nosotros. El impacto nos hizo salir del camino y chocamos con una columna del alumbrado. Justo antes del choque, Papá, vimos que tú eras quien conducía el otro automóvil. Y vimos otra cosa: a tu lado estaba sentada otra mujer.

Fue un accidente tan terrible que nos llevaron a todos a la sala de emergencia del hospital. Pero cuando preguntamos dónde estabas tú, nadie sabía. Todavía no estamos muy seguros de dónde estás, o si estás herido o si necesitas ayuda. Mamá se lastimó seriamente. Cayó sobre el volante y se rompió varias costillas. Una de ellas le perforó un pulmón y casi le atraviesa el corazón. Cuando el automóvil chocó, la puerta de atrás golpeó a Bryan. Estaba lleno de cortaduras a causa de los vidrios rotos y se quebró el brazo, así que ahora lo tiene enyesado. Pero eso no fue lo peor. Todavía sigue en un estado de shock y siente tanto dolor que no desea hablar ni jugar con nadie.

En lo que a mí respecta, fui despedida del automóvil. Permanecí allí en el frío durante largo rato con una pierna fracturada. Tirada en el pavimento, no me podía mover y no sabía qué les había pasado a Mamá y a Bryan. Sentía tanto dolor que no podía ir a ayudarles. Desde aquella noche, muchas veces me he preguntado si alguno de nosotros podrá reponerse. Aunque estamos un poquito mejor, todavía estamos en el hospital. Los doctores dicen que necesito mucha terapia en la pierna, y sé que podrán ayudarme; pero desearía que fueras tú quien me ayudará, en lugar de ellos.

El dolor es muy fuerte, pero lo que es peor aun es que todos te echamos de menos. Todos los días esperamos que vengas a visitarnos al hospital, pero tú no vienes. Sé que todo ha terminado; pero mi corazón estallaría de alegría si pudiera levantar la vista y verte entrar en mi habitación. De noche, cuando el hospital está en silencio, nos llevan a Bryan y a mí a la habitación de  Mamá, y los tres hablamos de ti. Hablamos de cuánto nos gustaba viajar contigo y de cómo nos gustaría que ahora estuvieras con nosotros. ¿Estás bien? ¿Tienes algún dolor a causa del choque? ¿Nos necesitas así como nosotros te necesitamos a ti? Si me necesitas, estoy aquí y te amo. Tu hija, Kimberly.

 Kimberly había tratado de decirle a su padre, por qué nos hiciste esto, por qué no vienes a casa, pero todo se le pasó de largo, pero cuando recibió esta nota y la leyó le produjo un cuadro mental del que no pudo escaparse y vio el cuadro del choque cada vez que tenía un momento para pensar. Ese cuadro le comunicó lo que estaba sucediendo en la vida de su hija y de su familia. Aun cuando no todas las historias tienen un final feliz, Kimberly y su imagen verbal fueron los medios para volver a reunir a la familia, la hija no se limitó simplemente a comunicarse con su padre, le contó una parábola y  le pintó un cuadro que lo llevó al núcleo, a la vida del hombre, al punto de que cambió totalmente.

Por mucho tiempo realmente nunca comprendí por qué Jesús puso tantas historias, si uno es predicador y no cuenta historias la gente empieza a reclamarle, si no tenemos cuidado podemos contar historias solo por el gusto de contarlas, pero las parábolas e historias e imágenes verbales son el medio más poderoso de comunicación conocido por el hombre, aparte de la dramatización o reproducción de una situación. No es sorpresa que Jesús que haya sido el mejor que contara historias, tenía verdad que quería depositar en los corazones de su pueblo para que nunca la olvidaran

historias vivas en la memoria

¿Sabían que Jesucristo fue el que mejor ha sabido contar historias de todas las demás personas que jamás hayan vivido en la tierra? Contó historia tras historia que siguen vivas en nuestra memoria. Las historias que contó Jesús a mi juicio no tienen rival, son verdaderamente las más grandes historias jamás contadas, uno puede olvidarse de muchas de las cosas que Él dijo, incluso uno podría olvidar sus mensajes, sus sermones, muchos de los cuales nos presentan en el libro de Mateo, pero es imposible olvidarse de algunas de las historias que Jesús contó, siguen vivas en nuestra mente y no podemos dejarlas en el olvido.

Si leen algún libro de historias de Jesús, verán a los pobres partiendo pan, remendando vestidos y barriendo el piso y verán a un rey marchando a la guerra y al rico con sus graneros al reventar y a la viuda pobre suplicando al juez que le ayude. Verán a dos deudores en contraste uno con otro, verán al fariseo y al cobrador de impuestos de pie en el templo orando, verán a Lázaro y al rico, cada uno a los lados del abismo del infierno comunicando su respectivo destino; hay rebaños y hatos, aves y flores. Hay un lugar solitario donde un hombre cayó en manos de ladrones. Hay un recodo al camino en donde un padre vio a su hijo volviendo a su casa después de haber estado en un país lejano.

Sí, las historias de Jesús viven y respiran a todo color en nuestras mentes. La primera de las historias, de las 7 que contó en Mateo 13, se refiere a un sembrador que salió a sembrar la semilla, después de que el Señor contó esa historia sus discípulos se le acercaron, estaban tratando de figurarse, ¿qué era lo que el Señor estaba haciendo? Es más, al mirar el versículo 10 verán que después de que Jesús terminó de contar su primera parábola, entonces, acercándose los discípulos le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? Esa es una pregunta muy interesante porque ellos no entendían por qué Jesús había adoptado este método de comunicar, lo que Jesús estaba diciéndoles era: “Voy a contarles una historia, y detrás del relato hay una verdad que ustedes necesitan oír”.

Alguien ha definido una parábola como una historia terrenal con un significado celestial; la palabra parábola quiere decir “colocado junto a” o “al lado de”. La idea de una parábola es tomar algo que se conoce y ponerlo al alcance, de modo de poder ilustrar algo que no se conoce, por cierto, de eso es lo que se trata la educación real, educación es explorar lo desconocido mediante lo conocido. Lo que Jesús hizo fue tomar cosas comunes de los aspectos ordinarios de la vida, cosas que los discípulos y los judíos conocían bien y contar una historia usando lo que ya sabían para poder enseñarles algo que todavía tenían que aprender.

¿Qué es lo que Jesús está haciendo? Estaba enseñando de una manera tal que si uno no sabe de qué está hablando, es como un código secreto, esto es lo que va a pasar, va a reunir a toda esa gente, les va a contar esas parábolas luego, después de que la multitud se disperse, los discípulos vendrán y él les dará la clave para el acertijo tan pronto como ellos comprendan. Será como si la verdad estallara en nuestras mentes, entonces comprenden que lo que Jesús les había dado es una gran verdad profética, esto realmente tiene que ver con usted y conmigo hoy, Jesús les explicó a sus discípulos: “porque a cualquiera que tiene se le dará y tendrá más, pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”. Este es el gran principio sobre el cual Dios opera en las vidas humanas hoy, esta es la llave maestra para su crecimiento espiritual, suena como si el rico se hiciera más rico y el pobre empobreciera más.

¿Cuándo vendrá Jesucristo de nuevo?

“Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor”, Mateo 24:42. Siempre debemos estar preparados para el retorno del Señor, porque nadie sabe el día ni la hora en que ocurrirá.

Nadie puede decir, con cierto grado de certeza, cuándo regresa Jesús, porque Él declaró con toda claridad que ni aun los ángeles del cielo sabían el día. “Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre”, Marcos 13:32.

Podemos observar algunas señales, o indicios, de que su regreso se aproxima (Mateo 24:3; Lucas 21:7). Jesús dijo que habría guerras y rumores de guerras, revoluciones, hambrunas, enfermedades y terremotos en diferentes lugares (Mateo 24:6, 7; Lucas 21:10, 11). Habrá un incremento de la agitación y la anarquía, y finalmente aparecerá el anticristo (2 Tesalonicenses 2:3, 4). Muchos creyentes experimentarán un enfriamiento de su fe (Mateo 24:12). Habrá persecución de cristianos y un período de desorden general. Todas estas cosas están ya sucediendo con creciente frecuencia.

Muchos piensan que otro acontecimiento que debe suceder antes del retorno de Jesús es el restablecimiento del estado de Israel. El Israel histórico desapareció de la escena mundial hace muchos siglos, pero en 1948 se estableció un nuevo Israel. La reubicación de los judíos en Israel constituye una clara señal, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, de que nuestra era está por concluir (Lucas 21:24). El 6 de junio de 1967, los judíos tomaron control de toda Jerusalén por primera vez desde que la ciudad fue capturada por Nabucodonosor en 586 a.C., lo cual indica que la era del poder mundial de los gentiles llega a su fin.

Sin embargo, Jesús dijo que algo importante que anunciaría su regreso sería la proclamación de su evangelio en todo el mundo. “Y será predicado este Evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas ala s naciones; y entonces vendrá el fin”, Mateo 24:14.

Estas son las señales de los tiempos postreros. Siempre debemos estar preparados para el retorno del Señor, porque nadie sabe el día ni la hora en que ocurrirá.

Tesalonicenses 4:16, 17; 1 Corintios 15:51, 52; Mateo 24:40-42.

Zacarías 14:1-9; Mateo 24:30, 31; 2 Tesalonicenses 1:7; Tito 2:13; Judas 14, 15.

El Dios del Salmo sigue operando

Rev. Sinaí Santiago

“Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”, Salmos 23:4.

Yo conocí a Dios siendo un jovencito, tenía apenas unos 15 años cuando comencé a congregar en una iglesia; todo me iba bien y el Señor se manifestaba porque yo lo buscaba en oración y ayuno. A los 17 años me enamoré de una muchacha muy dulce y muy buena, que hoy es mi esposa, pero ella no conocía al Señor –eso se llama yugo desigual– y ese enamoramiento me apartó de la iglesia. Me casé y abandoné al Señor.

Luego de dejar al Señor, apareció en mi vida un problema de salud que comenzó a debilitarme rápidamente. Este problema de salud era dificultoso e incómodo para la vida que llevaba, ya que cuando comía no podía pasar los alimentos –no bajaban al estómago y tenía que devolverlos– al menos que sea con un poco de agua, así llegaba a comer en pequeñas cantidades y eso me sustentaba. A pesar de esta crisis yo hacía hasta lo imposible por comer sin lograr mi cometido, esto me llevó a una situación de salud deprimente, mi cuerpo comenzó a verse muy esquelético.

En un momento dado, visitando a una tía –ella era una médico profesional– me sirvieron alimentos y empecé a comer, allí me dio un mareo, comenzó un calambre en la cabeza y perdí el conocimiento. Con las facilidades que tenía mi tía me pudieron internar inmediatamente, me sacaron radiografías y exámenes de toda clase y dentro de algunos días me dieron el diagnóstico: tenía cáncer al esófago. El médico me dijo: “Te vamos a operar, hay que extirparte el esófago y todo va a quedar bien, aunque vas a estar padeciendo toda tu vida de esto, pero hay que quitarte ese cáncer”.

Yo tenía 17 años, estaba casado y mi esposa embarazada, ya no me quedó otra cosa que llorar. Llorando en aquella cama llegó mi mamá, que hace seis meses se había convertido al Evangelio. Cuando me vio llorando me preguntó qué me sucedía, yo le expliqué lo que el médico me dijo acerca del cáncer que tenía, que me iban a operar y que iba a quedar inútil. Me dijo: “no te preocupes yo acabo de conocer al Señor y voy a orar con unas hermanas y Dios nos va a dar una salida a este problema”.

A los tres días regresó mi madre y me dijo que el Señor me iba a sanar, que no me sometiera a la operación, que ya estaba sano. Yo estaba más tranquilo, yo creí en esas palabras. Hablé con el médico y le dije que ya estaba sano y que no me operara; él me dijo que me dejara de cosas porque ya estaba todo listo. Me llevaron a la sala de operaciones y me abrieron, pero no encontraron nada, el Señor ya se había llevado el cáncer.

Cuando me recuperé de esa operación estaba yo más contento, pero continuaba en las cosas del mundo enredándome más y más. Pertenecía a una organización donde hacía toda clase de cosas con el propósito de recibir dinero, manejaba cantidades grandes, en ese negocio estuve 12 años. En esos años me hicieron tres operaciones más, a pesar que el Señor me había sanado y no había cáncer, yo no podía pasar alimento, continuaba con el mismo problema, cada vez que comía lo devolvía. Todo el dinero que yo ganaba me lo gastaba con los médicos buscando solución a mi problema, me ponían toda clase de medicamentos para sostener los alimentos.

Así pasé mucho tiempo, hasta que a un médico se le ocurrió dilatarme el esófago, me ponían un aparato por la boca para expandir mi esófago. Me dilataban los lunes: salía al hospital, entraba a la sala de operaciones donde me ponían los dilatadores y expandían el esófago, una vez pasada la anestesia despertaba y me iba para mi casa con mi esposa; comía martes, miércoles y el jueves ya tenía que volver a dilatarme de nuevo; el viernes, sábado y domingo comía normal, pero el lunes tenía que volver a dilatarme porque ya estaba cerrado el esófago y los alimentos no pasaban.

Hasta que un día, me acuerdo que era domingo por la mañana, llegó un primo mío a predicarme, le invité a entrar y mientras tomábamos café me habló de Jesucristo; yo me paré y enfurecido le dije: “no hables de Jesús, porque a Él yo lo conozco primero que tú, yo sé que es milagroso”. Saqué toda la documentación que tenía de mi antigua operación y le mostré diciendo esto lo hizo el Señor, el Dios del que me estás hablando.

Terminamos la conversación y él se paró furioso y me dijo: “para que tú entiendas que yo he venido de parte de Dios voy a orar por ti, para que el Señor te pase por el cedazo y entiendas que Dios te está llamando”. Me dio un escalofrío de pies a cabeza; me dio la espalda y se fue y yo me fui tras él diciéndole: “¡Víctor! Espera, no te vayas, vamos a seguir hablando” y me dijo no tenemos nada más que hablar; yo le dije: “mañana voy al hospital, al salir paso por tu casa para seguir hablando”; pero me dijo: “el lunes no vas a salir del hospital”.

Llegó el lunes y a mí se me había olvidado toda la conversación, entraba al hospital como de costumbre, pero el médico que acostumbraba hacerme la dilatación no apareció por ningún lado y llamaron a un practicante quien se sentó frente a mí y me preguntó acerca del proceso de la dilatación. Mi esposa me decía: “vámonos de aquí que este no sabe nada de esto”. “Cómo no va a saber si es médico”, le respondí. Ya con la anestesia puesta, al estar yo aún somnoliento escuchaba que el doctor practicante me preguntaba cómo era la forma de hacer la dilatación, pero en un momento me fui por completo y el doctor hizo lo que tenía que hacer.

A ese médico practicante lo había puesto el Señor, no sé si sería un ángel, pero algo era, porque Dios lo había puesto allí. Cuando terminó con su trabajo se supone que yo despertaría, pero no desperté me quedé en la mesa. Desperté en la noche en un cuarto del hospital y estaba enrollado con la cabeza en medio de las rodillas, me había dado una parálisis. Al abrir mis ojos no veía, tampoco podía hablar, lo único que movía eran los dedos de las manos. A la mañana siguiente vino mi esposa a atenderme, me vio en aquella condición, obviamente ella esperaba que los médicos me atendieran, pero ningún médico apareció.

Me acomodaron en una silla de ruedas, con mi cara en mis rodillas, sin fuerza ni para poder enderezar el cuerpo, lo único que hacía es dar señas con mis dedos, no hablaba solo oía.  Alguien me dijo en una ocasión que “la fe viene por el oír la Palabra de Dios”, creo que por eso el Señor permitió que mi oído estuviera bueno para que yo escuchara la Palabra de Dios. Cuando mi esposa vio que yo no reaccionaba habló con el director del hospital y me hicieron varios estudios. Resulta que aquel médico principiante me perforó el esófago y los jugos gástricos del estómago comenzaron a salirse y a regarse por el cuerpo, se comieron todos los órganos, perdí mi pulmón derecho, el hígado, los intestinos, lo único que quedó dentro de mí sano fue el estómago.

Yo escuchaba que el Señor le decía a mi esposa: “la condición de su esposo es de muerte, este hospital no puede hacer nada por él, no hay médico que pueda hacer algo por él, le ha dado una peritonitis avanzada y le ha destrozado los órganos vitales”. Me había puesto amarillo hasta los ojos. Un día subió el médico que me acostumbraba hacer las dilataciones, él era creyente, y mirándome me dijo lo único que te queda es clamar a Dios.

El Salmo 23 dice: “Aunque ande en valle de sombra de muerte…” Yo andaba en valle de sombra de  muerte, literalmente, pude experimentar lo que es la muerte, en esa condición no tenía ninguna intención para buscar de Dios, sabía que me moría y que iba directo al infierno, pero nada me motivaba a clamar a Dios. En un momento dado el director del hospital me dijo: “Sinaí vamos a hacerte una operación”. Él me había dicho que el hospital no podía  hacer nada, y ahora me dice vamos a hacerte una operación, creo que la idea era sacarme de ese lugar para que dijeran que alguien estaba haciendo algo conmigo.

Me llevaron en una camilla a la sala de operaciones y en el camino el Señor permitió que viera a mi primo Víctor, yo traté de gritarle, pero era inútil, en ese momento comencé a sentir la necesidad de salvación, cuando vi a mi primo con una Biblia en su brazo y acompañado de unas hermanas de la iglesia donde congregaba. Una mujer de Dios, que estaba en el grupo, guiada por el Espíritu Santo, detuvo la camilla y me desarropó; luego gritó: “¡hermano Víctor! Venga que aquí está su primo”. Él se acercó, junto con los demás hermanos, y me comenzó a hablar del Señor, me leyó el Salmo 23: “Jehová es mi pastor; nada me faltará…”, y mientras me leía el Salmo yo lo repetía en mi mente y en mi corazón.

Comencé a clamar y Jehová me escuchó en esos momentos, me sacó de aquella oscuridad y yo sentía la paz de la Salvación. Estaba tranquilo aunque iba hacía la muerte porque ya había conocido la salvación, así que no me importaba morir. La mujer que paró la camilla era una mujer de fe así que dijo: “voy a orar por sanidad”, y comenzó a clamar por sanidad divina; mientras ella oraba mi cuerpo comenzó a enderezarse y tomó la forma, me vino el habla y la vista, comencé entonces a gritar: “Jehová es mi pastor; nada me faltará”, en alta voz. Los camilleros me llevaron de prisa y en vez de llevarme a la sala de operaciones, me llevaron a la morgue, a las neveras, allí me dejaron y se fueron. No sé qué tiempo estuve allí pero al rato oigo voces, eran dos muchachas vestidas de verde, vinieron con un cadáver, lo tropezaron con mi camilla, yo me desarropé para ver lo que estaba pasando, una de ellas salió corriendo como una loca y la otra se quedó allí para auxiliarme, gritaba: “¡hay uno vivo!” Me levanté de mi camilla, estaba desnudo, pero arropado con las sábanas, me puse de pie, pero ella me agarró y me dijo que me quedase ahí.

Me sacaron de la morgue y me llevaron a la sala de operaciones donde yo mismo me bajé de la camilla diciendo que no necesitaba de la operación, yo estaba bien. Ellos me echaron y me abrieron nuevamente, y yo estaba podrido por dentro, había perdido el pulmón derecho, mi hígado, los intestinos, y otros órganos. Me cerraron y me conectaron a un sin número de máquinas, todas sustituyendo a los órganos que no tenía, estaba lleno de máquinas. En esa condición me atendió un doctor, de apellido Castillo, quien con mucho cariño y deseo de ayudarme venía a mi cama a atenderme con tanta devoción y cariño, a aquel montón de huesos tirado en aquella cama, rodeado de máquinas.

Para sorpresa del sin número de médicos que me atendieron durante todo ese tiempo, día a día me tenían que buscar la máquina de rayos equis para hacerme placas, porque sucedía que en los monitores de ellos había un órgano funcionando que se supone no estaba antes. Luego aparecía otro órgano trabajando, los médicos se volvían locos, ellos decían: “si nosotros ya le extirpamos, y ya no había órganos, todo estaba podrido, y ahora aparece un hígado nuevo funcionando”. Así sucesivamente empezaron aparecer órgano tras órgano.

Un día mi esposa recogió en una botella mi vejiga, yo la oriné, cuando la examinaron en el laboratorio era la vejiga en pedazos, estaba podrida, mi esposa la recogió y la llevó al médico. El médico le preguntaba: “y, ¿de dónde la sacaste? ¡No puede ser!”. ¡Sí puede ser! Era mi vejiga, la boté y el Señor me puso una nueva, ese es el Dios que nosotros servimos. Mi estómago que era lo único que había dentro, me lo habían puesto en el lado izquierdo. Yo le decía a mi esposa, tengo un motorcito por aquí funcionando. “Qué motorcito, estás loco” me decía.  Me hicieron una gastrostomía, me pusieron una manguera por fuera para alimentarme porque yo no tenía esófago.

Luego de seis meses, cuando yo cobrara fuerzas me iban a hacer un trasplante de esófago, mi hermano mayor iba a donar una parte de su esófago para mí. Salí del hospital e hice un pacto con Dios, asistí a una iglesia para adorar y darle gracias al Señor. Pero los tratos con mi vida seguían; una noche al salir del templo, abrí mis ojos para llamar a mi esposa, para que me cambie de cama –a mí me tenían que cambiar de cama cada dos horas porque sudaba mucho– y vi un grupo de ángeles, estaban vestidos de púrpura. Uno de los ángeles bajó sus manos y me levantó de la cama, otros ángeles me secaron y me pusieron nuevamente a dormir.

Cuando desperté a la mañana siguiente le expliqué a mi esposa, ella ya estaba acostumbrada a los milagros; también llamé a mi mamá, ella me dijo que esa era una visitación de Dios. “Y si Él te ha visitado es porque ha hecho algo grande en ti, ve al médico”, me dijo mi mamá. Hice arreglos para ver al médico nuevamente, cuando entré me encontré con el doctor que me atendía, él al verme empezó a llorar. Le expliqué lo que me había pasado, que era la razón para que me quiera hacer los análisis, me llevó a uno de los cuartos y me tomó radiografía. Apareció con unas placas y me dijo: “ves esto, es un esófago y tú no lo tenías, Dios te puso un esófago, el Señor es hacedor de maravillas, Él crea órganos y tejidos, ¡Aleluya!” dijo el doctor. También mencionó: “hay un problema ese esófago es muy delgado, hay que probarlo”. Mandamos a comprar unos huevos duros y papas los que comí sin ningún problema.

Tengo un esófago fino, pero el Señor permite que todo lo que coma pase sin ningún problema. Recuerdo que un día cuando estaba acostado sentí la voz de Dios, Él estaba sentado en mi cama y al despertar me dijo: “puedes dormir tranquilo porque la ira de Jehová se ha apartado de ti”. ¡Gloria a Dios! El Señor tuvo que venir a posar sobre mí para decirme que ya todo terminó, que la prueba ya pasó. Ahora aquí estoy para la gloria y honra de su nombre. ¡Aleluya!